Cartas desde Honduras


¿Dónde vive Juan Aguirre?




Como todos lo días nos levantamos temprano para ir a visitar a los enfermos de enfermedad de Hansen* de una Comunidad. *(nombre que le damos a la Lepra para evitar las connotaciones negativas que históricamente tiene esta palabra). Hoy nos toca Yusgüare a unos 12 Km. de Choluteca. Eso aquí supone aproximadamente una hora de camino con la furgoneta. Nuestra velocidad de crucero por estos caminos difícilmente supera los 10 ó 15 Km. /hora.

La mecánica de nuestro trabajo consiste en el aviso con anterioridad de nuestra visita al médico del Centro de Salud de la comunidad para que comunique a los enfermos ya seleccionados (los que se encuentran en el archivo como enfermos de Hansen en el control de la enfermedad que se realizó en la década de los 60) para que acudan con sus familiares al Centro de Salud.

Hoy, al llegar al antiguo consultorio, hoy oficina de la alcaldía y sede del técnico de Salud Ambiental (TSA), no hay nadie esperando.
Hacemos tiempo visitando la iglesia contígua, bonito edificio con aspecto de iglesia colonial, la puerta está abierta y aparte de lo ruinoso de los bancos, aparece como una iglesia muy luminosa, lógico si tenemos en cuenta que no tiene tejado. Ha debido caer poco a poco y sólo un entramado de tablones soporta unas planchas de uralita encima justo del altar. Por lo menos los Santos están a cubierto.

El próximo mes empieza el invierno y eso aquí quiere decir lluvias. Al rato nos informan que hay algún paciente esperándonos en el nuevo centro de Salud situado a la otra parte del pueblo. En efecto el nuevo centro tiene mejor aspecto aunque no le falta un escuálido perro que casi siempre busca el frescor del suelo de baldosas para dormitar. En cada centro nos encontramos uno de forma habitual. El paciente que nos espera no es de los históricos que buscamos, sino alguno que ha sido seleccionado con alguna mancha en la piel y precisa de un diagnóstico diferencial. En la lista que llevamos hay dos que no podemos dejar de ver. Hace 20 años se diagnosticaron de enfermedad de Hansen, recibieron su tratamiento y desde entonces no se les ha realizado ningún seguimiento. Desconocemos si todavía viven y cuál es su estado actual. Y lo más importante para nuestro grupo, el saber si entre los familiares y convivientes, hay ya otros enfermos activos de Hansen.

En vista de que no van a llegar se decide ir a buscarlos a sus casas. Montados en el vehículo que Fontilles ha alquilado para el trabajo, enfilamos el camino en cuyo horizonte se divisa el cerro de Guanacaure, a cuyo pié se encuentra la aldea de “La fortuna” -(que incongruencia muestran a veces los nombres de algunas localidades)- y nos dirigimos hacia las aldeas limítrofes. Nuestro conductor, Carlos, antiguamente militar y sanitario, formado en Panamá precisamente por un coronel de nacionalidad española al servicio del ejercito de EEUU, está hoy adscrito al servicio de salud comarcal como chofer. Conoce al dedillo caminos y aldeas y su aplomo nos transmite a todos seguridad.

Nuestra primera parada es “Tablones Abajo”. Allí buscamos nuestro primer paciente. Se trata de Luis Beltrán, que en su juventud tuvo importantes y contínuas reacciones lepromatosas e incluso precisó ingreso en el hospital de Choluteca. Ubicada su vivienda nos comentan que está trabajando. Decidimos esperarle mientras se investigan sus contactos familiares. La casa se rodea enseguida de niños de todas las edades. Hoy es viernes y sólo han tenido una hora de clase. Estamos en campaña de vacunación y su prioridad es absoluta. Los niños deben estar al tanto de la llegada de las brigadas de vacunación.

El número de convivientes de estos enfermos es extenso lo que implica que no se le tiene ningún miedo al contagio de la enfermedad. Son perfectamente aceptados y conviven incluso manteniendo su autoridad como cabezas de familia.

Por fin llega nuestro paciente, nos presentamos y le informamos de nuestro objetivo. De la lepra ya ni se acuerda de cuando la tuvo ni le ha vuelto a preocupar lo mas mínimo. Si tenemos en cuenta de que tiene más de 70 años, que ha padecido la malaria y la fiebre tifoidea y aún trabaja diariamente en el campo a pesar de sus mutilaciones residuales en las manos, es fácil comprender que su salud no es frágil. A los niños convivientes hay que explorarles y hacerles los análisis. No es tarea fácil. Se les pincha para extracción de analítica en la misma choza con el resquicio de luz natural que se filtra por los ventanucos de estas casas diseñadas para no dejar entrar el calor. Hay que utilizar la técnica de los caramelos y alguna fábula para que Julia, la experta y paciente enfermera del servicio de salud de Honduras que nos acompaña haga su trabajo.

Primer objetivo cumplido, de los dos pacientes que teníamos en lista, hemos podido visitar al primero. Sólo nos falta el segundo, Juan Aguirre que vive aún mas allá, en otra aldea que se llama “Tablones Arriba” a unos 3 ó 4 Km. dirección al cerro de Guanecaure.

Nuestro equipo monta de nuevo en la furgoneta para seguir el trabajo. En cada cruce preguntamos -¿Dónde vive Juan Aguirre?- Más arriba nos contestan. El camino en ocasiones se estrecha, su firme es un pedregal suelto, vadeamos un río que afortunadamente no tiene más que un hilo de agua y enfilamos una suave pendiente. Suave hasta que una S ascendente y con una importante fractura por la correntía de agua hace que el vehículo se encalle. Con el peso nuestro no saldrá. Hay que bajarse y seguir andando cargados con las cajas de tubos y jeringas por si encontramos a Juan Aguirre y familia y hay que hacer las extracciones necesarias ( no podemos olvidar la bolsa con los caramelos.)

A pié, el camino se hace más duro, aunque la belleza de los árboles de mango que nos acompañan y las gallinas con sus pollos, que picotean en las puertas de las casas que vamos pasando, no puede hacernos olvidar que la temperatura debe ser de 37 ó 38 ºC, que son las 3,30 de la tarde y que no hemos comido nada desde la hora del desayuno. -¿Juan Aguirre?- Más arriba nos siguen indicando.

La Dra. Lesny Fuentes, jefa del programa de lepra de Choluteca y con problemas de rodillas no puede más y tiene que abandonar el grupo. Queda sentada en una sombra a la entrada de una vivienda, esperará allí nuestro regreso. Más tarde nos contaría que pasó el rato hablando con un joven adolescente que quedó huérfano durante el Mich y le contó el dramático momento de soltar la mano de su abuela que desapareció entre las aguas. Esta experiencia y otras parecidas, la vivieron muchos habitantes de esta zona. Aquel desastre les ha marcado para siempre.

El resto del equipo que ha organizado Fontilles tampoco es joven. Esta organización trabaja desde hace 100 años contra la lepra, y hoy su trabajo les lleva a países de los cinco continentes apoyando con dinero y profesionales a otras organizaciones locales. Esta vez el equipo lo componemos: John Stanford catedrático de Londres y su señora, enfermera y ayudante en sus investigaciones que tienen probablemente más de 60 años. Helen Doneghue, inmunóloga de la misma Universidad tampoco baja de los 60. Más jóvenes son las dos enfermeras del servicio de salud de Honduras que deben rondar los 50. La dermatóloga catalana Montserrat Pérez, el farmacéutico de Fontilles, Pedro Torres y yo mismo con edades entre los 50 y 60 años, formamos un equipo de cooperación internacional (una brigada como dicen por aquí) realmente atípico. Y es que los viejos roqueros nunca mueren como dice Miguel Ríos. En cooperación por lo visto tampoco.

Hay un momento que el camino pica en descenso y desde alguna vivienda nos informan
-¿Juan Aguirre?- Ahí adelante. Son las 4 de la tarde. Por fin hemos llegado.

Juan Aguirre, soltero de 73 años vive con su madre de 95, en estos momentos está ciega, las cataratas no han querido dejarle llegar más lejos con su vista. Tiene una hermana de 54 años que tiene 7 hijos y siete nietos. Una nuera vive con ellos. El más pequeño de los Aguirre tiene ahora 2 meses y es como dicen aquí “un tiernito” que por cierto es un niño sano y de un excelente aspecto. Sólo toma lactancia materna. No tiene otro camino si quiere sobrevivir.

Los habitantes de esta aldea viven de la agricultura y las enfermeras locales nos cuentan que cuando las cosas se les ponen difíciles, su único alimento durante días es el mango. El precio de un Kg. de harina de maíz está ahora en 90 lempiras (algo menos de 4 euros). Precio casi imposible para algunos bolsillos de estas latitudes. Pensemos que el sueldo diario de los trabajadores de una “maquila”, (ingenio industrial que ha proliferado en Centroamérica y que por cierto es una forma de esclavitud laboral difícil de creer que exista en el siglo XXI) rondará en Choluteca las 70 lempiras / día.

La búsqueda de Juan Aguirre nos ha llevado gran parte del día pero al final hemos dado con él. Les realizamos los controles clínicos a todos sus convivientes y las extracciones de sangre a los enfermos y controles. A partir de ahora, su casa, sus parientes y su entorno estarán controlados.

Pero Juan Aguirre no es el único, también está Dorita y Aurora Pineda por no hablar de Juan Alvarado que vive aún más arriba de Juan Aguirre y tantos más. En todos los casos la historia es parecida. La búsqueda y control de las familias en esta zona requiere un esfuerzo físico y una voluntad indomable para cumplir con el programa.

El control y tratamiento casa por casa es el único efectivo pero no está exento de sacrificios y peligros. Un promotor, solo, puede ser incluso asaltado. “Miguelito “, el enfermero que durante muchos años fue el encargado del programa de lepra y que conoce personalmente a prácticamente todos los enfermos, me relata que al menos en 3 ocasiones ha salvado su vida gracias a las advertencias de algunos campesinos. Incluso en una ocasión mataron a un enfermo cuando acudía a encontrarse con él y fue asaltado. Se comprende porqué en las brigadas de vacunación, las enfermeras se hacen acompañar por un par de soldados bien armados. No se trata de intimidar a niños y mamás para que vacunen a sus hijos sino de protegerles de los salteadores de caminos que aún en estos años no han desaparecido.

La historia de Juan Aguirre es el reflejo de lo que puede ser un programa de erradicación de la enfermedad de Hansen en estos países. En este relato, nombres y lugares se corresponden con la realidad y quiere ser un reconocimiento a todos los que suman su esfuerzo para el control de la Lepra.

Luís santos.


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